domingo, agosto 15, 2010

Perdida en Caracas

La calle comenzó a perder iluminación, alertándome que no había tomado el rumbo correcto, intuitivamente subo el volumen de la radio, buscando llenar el silencio que comenzó a invadir mi auto, no se oía el bullicio que genera el ruido de lugares con vida, no veía ningún carro pasar, ni persona alguna, solo casas de luces apagadas que reflejaban una ciudad adormecida, fue allí donde me di cuenta que estaba perdida.

Traté de mantener la calma pensando que solo sería un tramo corto, pronto volvería a tomar el rumbo perfecto para llegar felizmente a mi casa, el tiempo comenzó a perder su velocidad normal, los minutos comenzaron hacerse cada vez mas lentos, cada vez mas largos, al darme cuenta que había entrado en un laberinto en el que no conseguía la salida, una y otra vez tomaba dirección opuestas, diversas para siempre terminar en una oscura y solitaria calle ciega. Dándome cuenta que no encontraba salida, comencé a maniobrar cada vez más rápido, buscando descartar cada salida, ya iban más de seis y seguía perdida el aquel solitario, oscuro e infinito rumbo.

En medio de una vía solitaria, una chica bien joven, rostro pálido, pelo largo color castaño, de ojos grandes y mirada asustada, con lágrimas en los ojos aparece de la nada, la vi acercarse a mi atemorizada, haciéndome señas que pude intuir que eran de auxilio, yo con aquel instinto maternal paro el carro y bajo el vidrio, ella con voz entrecortada se me acerca a preguntarme si voy a Los Samanes, le dije que no, que estaba perdida, que necesitaba me ayudara a salir de allí, con su voz entrecortada me dijo - tomé esa vía- señalándome un sitio al que ya yo había tomado, decidí volver a tomarla, aunque sabía que no era la quizás con el miedo yo estaba equivocada, apenas volteé impactada de ver aquella mujer joven en ese sitio sola, al cual me generó hasta preocupación me di cuenta que ya no estaba, tomo de nuevo la vía recomendada por ella y nuevamente no encuentro salida, me pasa pocas veces el pánico se apoderó de mí, así como el instinto de sobrevivencia –debo salir de este sitio ya!- el desespero comienza apoderarse de mi paciencia entrando en una verdadera pelea.

Veo un carro a lo lejos y trato de acercarme, que obviamente con la paranoia de Caracas, el carro aceleró perdiéndose de vista, comencé a buscar varias salidas , hasta que agarré luego de casi 60 largos minutos una vía en la que veo a lo lejos algunas luces que daban señas que subían carros, les saco la mano haciéndoles señas y nadie se paraba, finalmete un muchacho en una camioneta blanca se paro y me dijo velozmente por donde salir, acelerando y siguiendo su marcha, - ultima oportunidad, pensé- y seguí las señas que aquél joven me había dado, tomé velocidad, aceleré, debía comprobar cuanto antes que no era la dirección equivocada, cuantas cosas pasaban por mi mente, quería llegar a mi casa, me sentía totalmente perdida en mi propia ciudad. En unos segundos vi la autopista y con ella la tranquilidad, por fin había entrado en zona que aunque me quedaba lejos, ante aquel panorama familiar que la ciudad que tenía enfrente mis ojos la sentía casi mía. Solo unos minutos tarde en llegar, eran las 4:59 am, abrí la puerta, me lancé a mi cama a disfrutar de la llegada.

Al día siguiente conversando con una amiga, le comento el patético momento, ella impactada me dijo: ¡No lo puedo creer, viste a la llorona! Menos mal que no le diste la cola.

De ser así, ahorita no estaría escribiendo este cuento. Fin.

Confieso que no había sentido hace muchos años tal angustia perdida en Caracas, eso fue hace unos días, pero calmada ya, tomo conciencia que me tropecé con la llorona

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